28 Andrés Michelena Hernández

En el 2009, le escribí a Andrés:

“Como supondrás, si el archivero no me lo consigue pienso acudir al que nunca me falla…¿Lo conoces? El del canto gregoriano. El de Kódigos. El del jaque mate a Clérico. En fin… El de tantos milagros.”

El 4 de enero de 2016, mientras lo operaban en Valencia, España, para quitarle un virus del corazon, Andrés Michelena Hernández, el cura vasco que se enamoró para siempre de Sole, hermosa negrita maracucha que le dio tres hijos varones, dejó de hacer milagros.

“Y ante aquel contraste

de vida y misterio

de luz y tieneblas

medité un momento:

Dios mio que solos

“nos dejan” los muertos.”

No es que ellos se queden solos, como decía Becquer. Es que nos dejan solos, cada vez mas solos hasta que nos llega la hora de dejar solos a quienes deambularán nuestra ausencia.


Conocí a Miche en Caracas, en Marzo de 1974, cuando comenzó a trabajar en INVICA, Instituto de la Vivienda Caritas, fundación sin fines de lucro en la que él se desempeñaba como gerente para el área de Maracaibo.

Meses después, cuando comprendí que INVICA iba al fracaso y que para evitarlo era necesario tomer duras medidas de las que me encargué personalmente, viajé a Maracaibo para hablar con Miche y decirle que ese día era despedido de INVICA porque no daba la talla como gerente de esa región.


Si la señora de los paraguas, la de Pirandello en “Seis personajes en busca de autor” necesitaba apenas de un rincón, una mesita y unos paraguas para de la nada hacerse realidad, Miche solo necesitaba de una esquina cualquiera de Valencia, España, para en pocos minutos crear un grupo de diez personas con las que conversaba cálidamente, como si los conociera de toda la vida, cualquier día en cualquier esquina con cualquier disculpa, siempre, invariablemente. Y entonces no había manera de terminar de conversar y de aprovechar la tarde para hacer lo que habíamos planificado.


Y si en Valencia era así, cuánto mas en Maracaibo donde encender un maracucho no es que sea fácil si no que es inevitable y entonces con tanta vida social y tan encendida comprensión cómo puedes ser gerente, imponer conductas y producir resultados que vayan mas allá de algunas cervezas y muchos guisquis.

Y esa tarde que terminó de cervezas, Miche se fue a la cesantía y, para sorpresa de ambos, nació una amistad imperecedera en nombre de la cual lo resucito para que nunca más se le ocurra morirse.

Muchos años mas tarde, diseñado, implementado y cobrado el jaque mate a Clérico, cansado de ver destruidas sus ilusiones por el desgobierno de Hugo Chavez Frías, inmensísimo ladrón que arrasó con el país amado, Miche emigró a Valencia, España, con su negrita y tres maracuchos ya adolescentes.


En España nada le fue fácil. Durante algunos años intentó vender seguros para Mapfre. Otros, ya sin hacer nada, cantaba en ocasionales ceremonias religiosas hasta que se incorporó a un coro gregoriano del cual llegó a ser director, lo que le generó ingresos que pudo sumar a su esmirriada pensión de Venezuela y a alguna de España, para vivir con cierta comodidad hasta que el virus, el bisturi, los latidos cada vez mas leves y partir así, sin despedirse de su negrita que empezó a llorarlo horas antes y que nunca pudo dejar de llorarlo.